martes, 18 de noviembre de 2014

Maratón de Valencia: una promesa por cumplir.

Creo que hay tres tipos de personas. Por un lado, los que alguna vez hemos corrido un maratón. Que somos pocos.
Por otro lado, están los que nunca correrán ninguno, porque no les despierta el más mínimo interés y les pasa totalmente inadvertido. Esos raramente te juzgarán, ni para bien ni para mal, y probablemente si tienen ocasión de conocer esa faceta tuya, muestren admiración y respeto.
Y finalmente, está el grupo que, desde el sofá de su casa, sumido en su más profunda zona de confort, no solo te observa desde la distancia, sino que evita mostrar alegría o entusiasmo cuando en su caso la causa lo merece, y prefiere esperar el momento de debilidad en el que la frustración de no lograr un objetivo te alcanza y te debilita, para entrar a aconsejarte buscando convencerte de que esto no te lleva a ningún lugar ni te aporta nada.
Si eres maratoniano o deportista, seguro que los has visto alguna vez. Si no lo eres, seguramente también. Porque en la vida, como en el deporte, a esas personas las definen las mismas características: envidia al éxito ajeno, y curiosidad e interés al tropiezo prójimo.




Conviene no olvidar que no todo el mundo cuando nos dedica su tiempo y nos habla sobre algo nos está intentando convencer, ni mucho menos marcar un camino. Opino que las personas que nos quieren de verdad buscan que sepamos su opinión, que no consejo. Pero sí es cierto que si algo caracteriza el querer bien es aprender a decir, a anticipar o al menos a hacer ver antes, lo que más tarde la propia experiencia nos viene a enseñar. Para lo único que sirve la advertencia posterior es para encumbrarse a uno mismo.

Hay personas que cometen errores y que, habiéndolos cometido, siguen pensando que han hecho todo bien. Otros, estamos hartos de reconocerlos al instante justo después de haberlos cometido. Incluso te diría que muchas veces durante. Y que, llegados a esta altura de la película, estamos convencidos de que seguirán habiendo muchos más. 
No hay mejor forma de vencer a la soberbia que reconocer la imperfección propia.
Sigo y estoy casi seguro de que seguiré siendo un individualista nato y feroz siempre, incapaz de aprender de otro modo que no sea mediante el error, y sé que tú que estás ahí detrás sabes de lo que te estoy hablando. Por eso te diré que al igual que yo, sé que opinas que eso no quiere decir que por ser así ni sepa escuchar, ni atender; solo que coincidirás conmigo en que cuanto más vives, más cuenta te das de que a quienes se puede escuchar y atender, son cada día menos.




Sentir que después de cada tropiezo surge dentro de ti una fuerza que no sabes muy bien de dónde viene, que te muestra por dónde debes ir y que, a la vez, te da paz, es una de las sensaciones más extrañas y a la vez bonitas que uno puede sentir. Por suerte esa sensación me llena muchísimo más que todas las voces y dudas que aparecen cuando algo sale mal.
Si eres lector de este blog y opinas como yo, te invito a que recuerdes esos momentos que seguramente como yo guardas en tu memoria y que te ayudan a recordar de dónde vienes y a dónde quieres llegar. Yo muchas veces lo hago, y desde hace un tiempo, algunas de ellas las dejo aquí escritas, por si algún día me falla la memoria poder recordarlas. Alguien dijo una vez que escribir un sentimiento es inmortalizarlo para siempre, y yo no puedo estar más de acuerdo.


Una vez más, poco puedo contarte o mejor dicho poco me apetece contarte con respecto a la carrera. Desde luego no pasaré por alto alguna cosa. Este ha sido mi quinto maratón y primero en Valencia, pero en ninguno de los cuatro anteriores me he encontrado con el ambiente vivido en esta ciudad. Ha sido verdaderamente increíble. Como bien dice mi amigo Joaquín, debutante y finisher el pasado domingo, hubo momentos en los que no sabías muy bien si te movías a pie por las calles de una ciudad, o en bicicleta en una etapa alpina de Tour. Ver avenidas anchas convertidas en callejuelas por la afluencia de público, y que éste se abra a tu paso fue muy emocionante. Un diez al público de Valencia.
La salida al unísono junto a la carrera de diez kilómetros, yendo por el mismo puente pero divididos en una misma dirección durante esos primeros metros, fue espectacular.
La llegada brutal, últimos kilómetros llenos de gente animando, dejándose la voz, haciendo sentir al corredor estar en una nube.




En cuanto a mí, creía llegar bien, pero una vez más no lo estuve. Y no entraré a valorar si fue por una razón u otra. El maratón te exige en todos los sentidos, no solamente en el físico, y tal vez ese no sea el problema. Sí es verdad que no hace mucho en Reus competí en una media y no logré ni mucho menos acercarme a mi mejor tiempo con ese 1h37' final, pero tampoco conseguí moverme al ritmo que saco en entrenamiento.
Sinceramente, creo que el maratón es más que una carrera. A ciertas distancias no hay escondites. Esta carrera te desnuda como ninguna otra logra hacerlo. Si estás bien, lo haces bien, y si no lo estás, por la razón que sea, y por mucho que quieras engañarte a ti mismo, acabas sacándolo fuera. Y tú mejor que nadie sabes el por qué.
Tal vez el error siga siendo escuchar demasiado la voz de la ambición que todo deportista lleva dentro, la competitividad como primera y a veces única compañera de viaje por encima de la ilusión y del disfrute. No lo sé. Lo que sí sé es que una vez más fui por encima de mis posibilidades y que debido a ello el final se me hizo muy duro, que por supuesto el retirarme de cualquier prueba sigue sin formar parte de mi credo, que esconderme detrás de una excusa es lo único que nunca haré, que el maratón me ayuda a encontrarme, que lo uso como espejo porque me muestra mi fiel reflejo, y que aun estando rodeado de gente es mi más íntimo escondite.
Cometo errores al mismo ritmo que voy viviendo. Pero reconocerlos ha sido, sigue, y seguirá siendo, una de las características que mejor me define. Nunca me apartaré de nada que muestre lo que soy y que a la vez me quiera, aunque eso en ocasiones me cause dolor.
Supongo que vendrá a parecerse al amor: la clave está en encontrar a alguien que sepa verte y entenderte, que sepa estar sin ti, pero que a la vez, sienta que prefiere estar contigo.
Cumpliré la promesa que me hice de escuchar a mi corazón, aunque a veces siga sin saber cumplirla del todo.





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