martes, 18 de noviembre de 2014

Maratón de Valencia: una promesa por cumplir.

Creo que hay tres tipos de personas. Por un lado, los que alguna vez hemos corrido un maratón. Que somos pocos.
Por otro lado, están los que nunca correrán ninguno, porque no les despierta el más mínimo interés y les pasa totalmente inadvertido. Esos raramente te juzgarán, ni para bien ni para mal, y probablemente si tienen ocasión de conocer esa faceta tuya, muestren admiración y respeto.
Y finalmente, está el grupo que, desde el sofá de su casa, sumido en su más profunda zona de confort, no solo te observa desde la distancia, sino que evita mostrar alegría o entusiasmo cuando en su caso la causa lo merece, y prefiere esperar el momento de debilidad en el que la frustración de no lograr un objetivo te alcanza y te debilita, para entrar a aconsejarte buscando convencerte de que esto no te lleva a ningún lugar ni te aporta nada.
Si eres maratoniano o deportista, seguro que los has visto alguna vez. Si no lo eres, seguramente también. Porque en la vida, como en el deporte, a esas personas las definen las mismas características: envidia al éxito ajeno, y curiosidad e interés al tropiezo prójimo.




Conviene no olvidar que no todo el mundo cuando nos dedica su tiempo y nos habla sobre algo nos está intentando convencer, ni mucho menos marcar un camino. Opino que las personas que nos quieren de verdad buscan que sepamos su opinión, que no consejo. Pero sí es cierto que si algo caracteriza el querer bien es aprender a decir, a anticipar o al menos a hacer ver antes, lo que más tarde la propia experiencia nos viene a enseñar. Para lo único que sirve la advertencia posterior es para encumbrarse a uno mismo.

Hay personas que cometen errores y que, habiéndolos cometido, siguen pensando que han hecho todo bien. Otros, estamos hartos de reconocerlos al instante justo después de haberlos cometido. Incluso te diría que muchas veces durante. Y que, llegados a esta altura de la película, estamos convencidos de que seguirán habiendo muchos más. 
No hay mejor forma de vencer a la soberbia que reconocer la imperfección propia.
Sigo y estoy casi seguro de que seguiré siendo un individualista nato y feroz siempre, incapaz de aprender de otro modo que no sea mediante el error, y sé que tú que estás ahí detrás sabes de lo que te estoy hablando. Por eso te diré que al igual que yo, sé que opinas que eso no quiere decir que por ser así ni sepa escuchar, ni atender; solo que coincidirás conmigo en que cuanto más vives, más cuenta te das de que a quienes se puede escuchar y atender, son cada día menos.




Sentir que después de cada tropiezo surge dentro de ti una fuerza que no sabes muy bien de dónde viene, que te muestra por dónde debes ir y que, a la vez, te da paz, es una de las sensaciones más extrañas y a la vez bonitas que uno puede sentir. Por suerte esa sensación me llena muchísimo más que todas las voces y dudas que aparecen cuando algo sale mal.
Si eres lector de este blog y opinas como yo, te invito a que recuerdes esos momentos que seguramente como yo guardas en tu memoria y que te ayudan a recordar de dónde vienes y a dónde quieres llegar. Yo muchas veces lo hago, y desde hace un tiempo, algunas de ellas las dejo aquí escritas, por si algún día me falla la memoria poder recordarlas. Alguien dijo una vez que escribir un sentimiento es inmortalizarlo para siempre, y yo no puedo estar más de acuerdo.


Una vez más, poco puedo contarte o mejor dicho poco me apetece contarte con respecto a la carrera. Desde luego no pasaré por alto alguna cosa. Este ha sido mi quinto maratón y primero en Valencia, pero en ninguno de los cuatro anteriores me he encontrado con el ambiente vivido en esta ciudad. Ha sido verdaderamente increíble. Como bien dice mi amigo Joaquín, debutante y finisher el pasado domingo, hubo momentos en los que no sabías muy bien si te movías a pie por las calles de una ciudad, o en bicicleta en una etapa alpina de Tour. Ver avenidas anchas convertidas en callejuelas por la afluencia de público, y que éste se abra a tu paso fue muy emocionante. Un diez al público de Valencia.
La salida al unísono junto a la carrera de diez kilómetros, yendo por el mismo puente pero divididos en una misma dirección durante esos primeros metros, fue espectacular.
La llegada brutal, últimos kilómetros llenos de gente animando, dejándose la voz, haciendo sentir al corredor estar en una nube.




En cuanto a mí, creía llegar bien, pero una vez más no lo estuve. Y no entraré a valorar si fue por una razón u otra. El maratón te exige en todos los sentidos, no solamente en el físico, y tal vez ese no sea el problema. Sí es verdad que no hace mucho en Reus competí en una media y no logré ni mucho menos acercarme a mi mejor tiempo con ese 1h37' final, pero tampoco conseguí moverme al ritmo que saco en entrenamiento.
Sinceramente, creo que el maratón es más que una carrera. A ciertas distancias no hay escondites. Esta carrera te desnuda como ninguna otra logra hacerlo. Si estás bien, lo haces bien, y si no lo estás, por la razón que sea, y por mucho que quieras engañarte a ti mismo, acabas sacándolo fuera. Y tú mejor que nadie sabes el por qué.
Tal vez el error siga siendo escuchar demasiado la voz de la ambición que todo deportista lleva dentro, la competitividad como primera y a veces única compañera de viaje por encima de la ilusión y del disfrute. No lo sé. Lo que sí sé es que una vez más fui por encima de mis posibilidades y que debido a ello el final se me hizo muy duro, que por supuesto el retirarme de cualquier prueba sigue sin formar parte de mi credo, que esconderme detrás de una excusa es lo único que nunca haré, que el maratón me ayuda a encontrarme, que lo uso como espejo porque me muestra mi fiel reflejo, y que aun estando rodeado de gente es mi más íntimo escondite.
Cometo errores al mismo ritmo que voy viviendo. Pero reconocerlos ha sido, sigue, y seguirá siendo, una de las características que mejor me define. Nunca me apartaré de nada que muestre lo que soy y que a la vez me quiera, aunque eso en ocasiones me cause dolor.
Supongo que vendrá a parecerse al amor: la clave está en encontrar a alguien que sepa verte y entenderte, que sepa estar sin ti, pero que a la vez, sienta que prefiere estar contigo.
Cumpliré la promesa que me hice de escuchar a mi corazón, aunque a veces siga sin saber cumplirla del todo.





viernes, 14 de noviembre de 2014

EL SECRETO DEL MURO INVISIBLE.


Podría decirte que desde niño sabía que existía, pero te estaría mintiendo. Podría decirte también que era un sueño de la infancia, pero mi anterior comentario me dejaría como a un mentiroso. Y ya que si algo me define es acabar siendo totalmente transparente, aunque a veces sea con algo de retraso, solo queda ser sincero y confesar que fue ya en la adolescencia cuando me enteré de que había gente que era capaz de correr 42 kilómetros seguidos. En aquella época no le presté atención ninguna. Si bien sí me pareció imposible, no me despertó lo importante: interés. Al final, la vida va pasando y cuando echas la vista atrás a veces te das cuenta de que lo que en una época de tu vida te pasaba totalmente inadvertido, sin importancia, o sin mayor relevancia, ahora es justo todo lo contrario.



Llegar hasta aquí ha sido una bonita historia. Una muy bonita historia diría yo. 
Ha habido momentos de todo tipo, pero al final de todos ellos he aprendido. Desde el sueño de poder llegar a completar la primera, hasta la realidad de haberlo hecho cuatro veces y estar a punto de afrontarlo por quinta vez. Desde el día que pensé que yo no iba a poder con esto, que una cosa era salir a correr para evadirse, para liberar estrés, para sentirte vivo, hasta ser capaz de ignorar a tus miedos, de escucharte de verdad a ti mismo e intentar vencer a esa parte de nosotros mismos que siempre nos dice que ya es tarde, que es una montaña demasiado alta, y que la comodidad que nos envuelve es lo más gratificante que podemos encontrar. 





Las fotos que acompañan esta crónica son de los distintos momentos en los que he hecho frente a esta mítica distancia. Guardo de cada una de esas imágenes muchos y muy diferentes recuerdos. Ha habido lágrimas de emoción y de dolor, de alegría y de frustración, pero todas ellas me han servido.
Estoy a menos de 48 horas de arrancar por quinta vez y ya siento el cosquilleo en el estómago.
Esta vez será en Valencia, donde nunca he corrido. Iré acompañado de dos amigos, en cuya distancia se estrenan los dos. A otros amigos que finalmente no van a estar también los echaré de menos. Nombrarlos por aquí es lo de menos. Lo que importa es que cuando lean esto, sabrán que son ellos.
Mi familia casi al completo también estará allí, cosa que me alegra mucho.
Los pronósticos son geniales, no dan demasiado calor. El circuito es completamente llano, perfecto para volar y sacar el mejor tiempo que puedas desarrollar. 
Pero está claro que lo importante sigue siendo disfrutar de una carrera con la que mucha gente sueña con poder lograr terminar algún día y que es justo lo que no debemos olvidar: que el simple hecho de poder disfrutar de ella y cruzar la meta ya es por sí solo una victoria.



Te mentiría si te digo que detrás de esa experiencia que por quinta vez voy a vivir no se esconde parte de ambición y de espíritu de superación personal que todo deportista lleva dentro de sí -creo que es una característica que nos define- y que intentaré traerme conmigo mi particular marca personal en esta distancia. Creo que hace ya meses que la llevo conmigo, y que una simple obsesión que me acompañaba hasta hace un tiempo era el único enemigo que me impedía poder conseguirlo.

El secreto está en vivir el momento, en ser uno mismo, en no creer en exceso que puedes hacerlo, en dejar que pase solo, dejándote llevar, recordando en todo momento que estás ahí porque es lo que te gusta, recordándolo precisamente cuando el dolor aparezca, cuando haya que atravesar ese muro psicológico que todo esfuerzo requiere a la hora de buscar un objetivo, sabiendo y recordando que la carrera es más fuerte que nada, que solo premia al que la afronta con la actitud correcta.

Hoy algo me dice, que cuarenta y dos kilómetros con este pensamiento como compañero de viaje, seguro que acaban haciéndose cortos y llevándome a una gran recompensa: la de la felicidad.







lunes, 21 de julio de 2014

QUEBRANTAHUESOS: tierra de nadie.


Romper un silencio siempre es un error, a no ser que lo que vayas a decir sea más importante que lo que el silencio en sí te transmite. Porque opino que no es del todo igual explicar que contar, ni del todo lo mismo hablar que decir. La situación también tiene su parte de lógica. No siempre se está igual. Pienso que cuando se pierde la magia de decir, de hacer o de demostrar algo cuando verdaderamente a uno le apetece, se pierde el sentido de lo que estás buscando al hacerlo. Porque nunca surgen los sentimientos por decreto u obligación, sino de forma espontánea. Nadie quiere más ni se siente más cerca de su familia una Nochebuena que una noche cualquiera, como tampoco nadie está más enamorado un 14 de febrero que un 20 de abril, por ponerte dos ejemplos.
Querer explicar algo cuando no sabes muy bien ni cómo hacerlo ni tampoco qué es, no es hacer lo correcto. Que aquello que te apetezca contar coincida con un evento, tampoco lo es. 
A veces pienso que abrí este blog centrándome en el deporte, y cada vez me doy más cuenta de que lo que menos escribo aquí son números o conquistas, y sí momentos que voy descubriendo. 
Es por eso por lo que no tiene ningún sentido escribir al terminar una prueba, como lo venía haciendo hasta hoy. Porque el secreto está en disfrutar el día a día. Y esos momentos que tanto me gustan no van ligados a ningún dorsal, sino a la propia esencia del deporte. A cualquier instante, en donde quiera que estés.
Solo he intentado explicarte por qué he tardado en volver a escribir. Supongo que porque el silencio, era lo más que podía decir.





Debo decir que durante este tiempo he estado perdido. Algunas personas me han dicho que después de alcanzar un gran reto que te planteas viene la felicidad, pero automáticamente después aparece la falta de motivación, y que conviene parar. 
Yo solo sé que haber seguido después y a alta intensidad, tanto entrenando como compitiendo, a mí no me ha ido bien. Querer estar presente en cuantas más pruebas mejor, y rendir en todas ellas, se ha apoderado de mí por completo. Me ha hecho olvidar por momentos que el salir a rodar en bici solo o acompañado, durante 4 o 5 horas, puede ser tan gratificante como hacerlo rodeado de 8.000 personas en la Quebrantahuesos, por poner un ejemplo. 
Ir saltando de meta en meta sin dar tiempo a disfrutar de cada una de ellas; ir pasando velozmente de cima en cima sin saborear sus vistas; escalar un puerto con la mirada fija en el suelo sin sentir cómo la dureza y belleza de su altura se va adueñando de ti; sin notar que arriba sopla un aire distinto al de abajo; y todo ello por querer llegar cuanto antes a un final que no es más que el inicio que tú mismo te marcas hacia otro final, me han hecho pensar mucho.







Creo que muchos de nosotros nos equivocamos a menudo buscando la felicidad donde no está. Deseando encontrar cimas donde ni siquiera hay montañas. Salir a escalar algo que ni siquiera sabes por qué pretendes conquistarlo, tal vez porque te sepa imposible e inalcanzable, y a ello sea algo a lo que no estés acostumbrado. En Barcelona me di cuenta cuando llevaba 20 minutos corriendo; esta vez ya sabía lo que iba a pasar la noche anterior. Sabía que esas montañas me iban a poner en mi sitio. Quería volver a darme cuenta de que las cosas no dependen de mí, de que nada está escrito, y de que lo que queda por escribir, no es cosa mía, por muy rápido que corra, por muy deprisa que quiera avanzar.
Es verdaderamente increíble acudir a sitios como el que rodea esa espectacular prueba y darte cuenta de la sutil y misteriosa manera que tiene de transmitirte lo que necesitas sentir mediante un silencio que clama a gritos, que retumba en tus oídos, incluso cuando no quieres oírlo.
Allí, andando o sobre la bici, eres capaz de ver nacer sentimientos y, en ocasiones, de darte cuenta de que algunos debes enterrarlos para siempre.




Soy de los que piensa que todo el mundo tiene una debilidad. Lo que ocurre es que no a todo el mundo le define la sinceridad de reconocerla primero, y la fortaleza de vencerla después.
El secreto de acertar está en la ausencia de miedo a equivocarse. Me encanta cometer errores, pero lo que adoro en ello es hacerlo solo y a mi manera. En eso siento que soy un individualista nato. Odio perder el tiempo, y siento que equivocarme sin escuchar a los demás es la manera más rápida que tengo de aprender. En no pocas ocasiones creo que la única.


Lo único que no me gusta y que me deja un mal sabor de boca es sentir haberle perdido en parte, y digo en parte, el respeto a la montaña. Cuando allá por el kilómetro 140 de carrera, cerca de la cima del Portalet, último gran puerto antes de meta, un miembro de la ambulancia que en ese instante atendía a un compañero, me ofreció ayuda médica para poder continuar, tal vez pequé de soberbia. Porque se la negué.
Estaba completamente deshecho, con calambres, desnutrido y sin fuerzas, y aun así no quise ayuda de ningún tipo.
Pero es que no entiendo el deporte de otra manera. Ni la vida. Para mí, era infinitamente mayor soberbia la forma en la que había afrontado la carrera, que el hecho de negar esa ayuda en ese instante y querer continuar en ella.
 Para mí, en ese momento todo dependía de seguir hacia meta, de la manera que fuera, sintiendo ese dolor en mi cuerpo. Si hubiese accedido a esa ayuda médica por necesidad vital, automáticamente me hubiese retirado de la carrera. La esencia de ese tipo de pruebas es su dureza, y las ayudas cuando eres tú el culpable de tus dolores, las entiendo como un dopaje más. Lo que me estaba pasando no era más que el castigo de un terreno que no perdona a nadie, sobretodo al que no acepta la realidad. Un terreno que te acoge solo si eres lo suficientemente humilde como para saber que las cosas, aun queriéndolas conseguir, nunca dependen de ti.




¿Qué saco de positivo de todo esto?, pues muchas cosas. Pararte a pensar después de cada tropiezo ayuda a encontrarte, a acordarte de dónde vienes, de los pasos que diste, y de por qué quisiste darlos.
La felicidad no depende de qué te rodea o de qué acontece a tu alrededor. La felicidad eres tú.
El valor exacto de las cosas lo marca su ausencia. Para saber de qué manera te importan a veces debes apartarte de ellas.
Ayer volví a competir en el triatlon que organizó mi club en Deltebre, y aun estando físicamente bastante regular, disfruté como un enano.
Alguien dijo una vez que no nos toca decidir qué tiempo vivir, sino decidir de qué manera.
Creo que para poder ganar es imprescindible aprender antes a saber perder.
Esas montañas marcaron un antes y un después en mí. Un final y un nuevo principio.
Tal vez descubrir no esté en encontrar cosas nuevas, sino en aprender a ver las que te rodean con otros ojos.
Solo me queda decirte que si eres de naturaleza insaciable como yo, te encontrarás sin mentiras, siempre y cuando decidas buscarte de verdad.







lunes, 2 de junio de 2014

Cto. Aragón Sprint Mezalocha: una nueva experiencia.

Con el Ironman como objetivo para 2014 ya completado, me presento a un Campeonato de Aragón de triatlon en cuya distancia no he tenido el gusto de probarme. Se trata de la "sprint", y la verdad es que no me llama demasiado. Nunca lo ha hecho desde que practico este deporte, porque sé de su explosividad, y tal vez me guste ir más horas y a menos ritmo. Sea como fuere, mi entrenador me la descubre, me invita a venir, y yo finalmente acepto.
Es en un pequeño municipio cerca de Zaragoza, concretamente en Mezalocha. Me acompaña Roberto Martinez, triatleta alcañizano, quien también formará parte de esos 160 triatletas con los que aproximadamente cuenta la prueba.
Llegamos al pueblo a mediodía, queremos conocerlo, pasearnos por sus calles, reconocer los circuitos de ciclismo y carrera a pie, y ver dónde íbamos a nadar.
Nada más llegar a la zona de boxes, nos topamos con Ricardo Simón, mi entrenador. Me alegro mucho de verlo y lo primero que hace es darme un abrazo felicitándome por el Ironcat, gesto que le hace más grande aun de lo que ya le considero y que por otra parte le agradezco mucho. 
Enseguida nos avisa de la dureza de los segmentos, de sus desniveles, sobretodo en el de carrera a pie, y de la distancia que separa el agua de la T1.
Citándonos para más tarde, emprendemos el camino que separa el box del embalse donde se disputa el segmento de natación. Hay unos 300 metros, y los últimos son una fuerte pendiente que conduce hasta el nivel del agua. Yo alucino muchísimo y se lo hago saber a Roberto, cuya reacción es advertirme y recordarme que esto es Aragón y que, como dice la canción, aquí no hay playa...   



En fin, con lo que hay se juega, y mejor no pensar tanto y acordarnos de que hemos venido a hacer algo que nos gusta.
Comemos en los coches los dos juntos, de "tupper", en los aparcamientos. En el pueblo no hay un solo bar.
Aquí, un servidor, se olvida incluso los cubiertos, y tiene que comerse la ensalada y los macarrones con las manos. Que no habéis hecho eso nunca?, pues probadlo, sabe bastante más.
Ya comidos nos dirigimos hacia Muel, localidad contigua a Mezalocha, separadas ambas por una carretera comarcal de 5km, que van a ser los que, en una doble ida y vuelta, compongan esos 20km del sector de ciclismo. Son las 14h, sopla un fuerte viento, y los dos sabemos que va a hacer que tengamos que pedalear con más fuerza. 
En Muel, Roberto se convierte en testigo-conocedor de mi pasión-adicción por el café. Mientras tomo 2 en apenas 25 minutos, comentamos las sensaciones de cara a la prueba y lo que esperamos los dos de ella.
Él llega tocado de una muñeca, pequeño percance que en Altafulla le provocó la retirada. Duda en si salir algo apartado en el agua será lo mejor para él; yo le animo a arriesgar. Soy así.
Por mi parte le comento que espero salir del agua muy adelantado, y él, bastante más experimentado que yo, me dice que sí, que debo nadar fuerte siendo que es donde mejor me muevo, y que pillando una buena rueda luego, puedo hacer un gran papel en carrera.


La hora llega, y regresamos. Cada uno se mete en su coche, puesta a punto de material. Asistimos al briefing, donde Simón es quien lleva la voz cantante. Su club, el Europa, organiza dicha prueba. Prueba, todo sea dicho de paso, que lleva el nombre de ÁNGEL SANTAMARÍA. Si eres triatleta lo conoces. Si no, te diré que es un histórico deportista, de más de 60 años, pionero en el mundo del triatlon en España, que iba a llevar el dorsal número 1 en esa carrera, y que por tanto, iba a formar parte de ella.
Una vez finalizada la charla, llega la hora de meter todo en boxes, enfundarse el neopreno y calentar un poco en el agua, de menos a más, como me gusta hacerlo, terminando muy fuerte sabiendo lo que se me venía encima.
Ya en el agua oigo "triatletas a cámara de llamadas", así que al lío. Una vez en boxes, nos hacen salir por dorsales. El mío es de los últimos, con lo cual al llegar al agua ya está casi todo el mundo metido. 
Busco con la mirada a Simón, lo veo, y me acerco a él. Pienso que si nado como sé, no puedo salir demasiado retrasado con respecto a él, y la verdad es que sueño con esa suerte de pillar grupo en bici y poder formar parte de un hipotético pelotón junto a él.
"¡¡¡Triatletas a sus puestos!!!" , (escalofrío brutal, nervios, mucha tensión, máxima expectación, subidón de adrenalina fuera de lo normal), y salida brutal. 
Fuera de paréntesis, lo que se escucha y se ve desde fuera. Entre paréntesis, lo que se siente desde dentro.



Arranco en el centro, y nado al máximo. Aun así, no despego a nadie de mi alrededor. Llevo como unas 50 brazadas, y entonces llega: primer agarrón. Me intento apartar. Saco la cabeza para respirar, trago agua. Me sumerjo para continuar nadando. Segundo agarrón. Vuelvo a sacar la cabeza para respirar. Cojo aire, pero me pongo muy nervioso. Siento mucho agobio. Quiero desaparecer de allí. Me sumerjo. Continuo. Siento golpes a mi alrededor. Son los mismos que de costumbre, pero con esa sensación parecen ser peores, distintos. Vuelvo a sacar la cabeza, no ya hacia un lado, sino de frente. Intento coger aire y lo único que cojo es agua otra vez. Más agobio. De repente me siento un pato, me olvido de nadar, y lo peor es que me creo que no sé nadar. Y paro. Me paro. Y me quedo quieto, esquivando como puedo a los que me van pillando por detrás. No estoy más de 20 o 25 segundos detenido, creo, pero te prometo que se me hacen eternos. Y lo peor es saber que debo continuar nadando. O eso, o retirarme.
Nunca me había sentido así de agobiado en el agua, y tan solo llevaba en ella 2 minutos. Ni siquiera el año pasado en el Extreme Man en Salou, cuando decidí salir en primera fila sin saber lo que era nadar con 400 tíos a mi espalda dispuestos a pasarme por encima sin contemplaciones.
En fin, de todo se aprende, y con las horas creo que el error fue pretender correr demasiado, olvidándome de que la natación es mi pasión simplemente por lo que es, más allá de haber sufrido uno de los episodios -si no el que más- más antideportivos que he sufrido nunca. Y más, en un sitio en el que, de pasarte algo en ese instante, difícilmente puedes ser divisado desde una barca, pues están a bastante distancia, y el alboroto que se produce en la salida de cualquier triatlon es caótico. 
El deporte me enseña cada día que el secreto de la felicidad reside sencillamente en vivir lo que nos hace sentir, sin esperar nada más. Que el camino más rápido para lograr cualquier objetivo, es disfrutar de cada paso que te lleva hacia el sin tener prisa por alcanzarlo. Pero está claro, que mi memoria me sigue fallando en ocasiones, y mi otro "yo", traicionando.


Al fin logro salir del agua, no sin cierta frustración. De los tres segmentos del triatlon, este es del que más disfruto, y hoy me iba a ir de Mezalocha sin haberlo hecho.
Subo la fuerte pendiente con la vista perdida, mientras oigo de fondo los ánimos de los allí presentes. Alguien va cantando las posiciones mientras pasamos por delante suyo, y oigo que soy el 33º clasificado.
Aun nadando mal, no estamos muy atrás. Llego a boxes, veo a mi amigo Victor SerRunner, le animo, mientras le adelanto en la T1, y comienzo con el sector de ciclismo. Callejeo por la población hasta llegar a la carretera y me encuentro en tierra de nadie. Miro hacia delante y veo a 3 triatletas de blanco, desde la distancia intuyo que del Europa, pero están lejos. Miro hacia atrás y veo a un grupo algo más numeroso. El viento sopla fuerte de cara en esa ida, así que decido esperar al grupo de atrás, puesto que tirar solo fuerte y contra el viento es suicida. Me alcanzan pronto y sorpresón: Roberto, mi compañero de viaje, se encuentra en ese grupo. Él se mueve peor en el agua que yo, pero vamos a la par en ciclismo y carrera a pie, tal vez un pelín mejor él en esto último.
Me acoplo al grupo en cola, y observo. Somos 8-9 triatletas, y hay colaboración en los relevos, pero no de todos, sino de 3. Sigo en cola, cojo aire y llegando al km 4 decido ponerme a tirar. Voy cómodo y quiero apretar más, probarme, y probar a los demás. 
Alcanzamos a los 3 del Europa, y uno de ellos es Angel Santamaría. Increíble que un tipo con 64 años esté ahí dando guerra. Nadando entre los 30 primeros con esa edad, y dando caña al cuerpo a un nivel espectacular.


Damos el primer giro de 180º ya por el km 5 y 4 triatletas se escapan. Yo no puedo seguirlos, pero el resto del grupo tampoco. Y nos partimos en 3. Los que han atacado ganan distancia, yo encabezo un segundo grupo con los 3 del Europa, y el resto se queda. Intento alcanzarlos, pero no hay manera.
Ya asentados y con la carrera algo más calmada, tiro junto al dorsal número 1 dando relevos hasta la T2. Hemos ido bien, pero tampoco muy rápido. Nos ha costado algo más de 30 minutos.
Llego nervioso y no me acuerdo ni de desabrocharme las zapatillas para dejarlas ancladas a los pedales, por lo que sobre la línea de detención me doy cuenta y freno en seco. Bastante lamentable a estas alturas.
Corro todo el recorrido hasta dejar la bici sobre mis calas, incómodo, torpe. Al fin llego, cuelgo la bici, me calzo las de correr y salgo escopeteado y molesto conmigo mismo. No estoy.


La carrera a pie es durísima. Son dos vueltas a un recorrido que bordea y a la vez cruza el pueblo. Con fuerte desnivel y un durísimo repecho final que había que subir dos veces. Aun así, corrí muchísimo mejor de lo esperado. Con muy buenas sensaciones, rápido, y disfrutando. Además, teniendo en cuenta que es donde más sufro, me queda buen sabor de boca.
En resumen, prueba diferente, bastante diferente de a lo que estoy acostumbrado. Triatlon de interior, sin mi querido mar que tanto me gusta y me aporta. No tiene nada que ver. 
El ciclismo con un piso no del todo bueno, y la carrera a pie muy dura.
En cuanto a resultados, no fue mi mejor carrera, ya que de haber salido del agua en mi tiempo, hubiese ganado mucho más. Crucé la meta el 39º clasificado con un tiempo de 1h09'.
Mi primer sprint?, no sabría cómo definírtelo. Tal vez diciéndote que, una vez hechas todas las distancias que existen, esta ha sido la que menos me ha gustado, sirva para hacerte una idea.
Ahora a pensar en lo que viene, que no es poco:
Triatlon Olímpico de Cambrils, el próximo día 15 donde disfruté mucho el año pasado, y donde este año debutan dos amigos míos (Abel, David, desde aquí toda la suerte del mundo), y Quebrantahuesos justo 6 días después, el 21. Y es ahí donde me muero de ganas por volver.

Yo pienso que de las cosas que realmente te aportan mucho, te das cuenta mientras las disfrutas, pero también al recordarlas. Al hacerlo, la emoción te invade por dentro, las sonrisas se te dibujan en el rostro de forma completamente involuntaria, las palabras te salen solas rápidamente, y no es necesario pensar mucho para explicarlas. 
Para poder escribir sobre ella hoy, he tenido que narrar la carrera, cosa que nunca hago. Y es sencillamente por eso, porque el pasado sábado "solo" competí, que dudo que vuelva a repetir en esta distancia en un futuro próximo.
De lo que no dudo, es donde sí quiero ir, y estoy casi convencido de que, al regresar de Sabiñánigo, me será tremendamente fácil explicarte en palabras lo que allí sentí.





lunes, 12 de mayo de 2014

IRONCAT: si tienes un sueño, persíguelo.

Para que entiendas cómo llegué a plantearme hacer un Ironman tal vez debería explicarte el por qué, pero si te soy sincero no sé muy bien cómo hacerlo. Si echo la vista atrás desde el primer día en el que salí a correr por correr, sin un balón de por medio, o una raqueta en la mano, o un aro en el que encestar, creo que debo decir que la idea de afrontarlo ha venido sola. Quizás por el hecho de haber ido alcanzando metas cada vez de más larga distancia supongo. Y claro, llegado ese punto, había que probarse.
Cuando me aficioné al triatlon nunca me creí capaz de conseguirlo. De hecho, tuve alguna duda incluso durante la propia carrera el pasado sábado. También en la salida, antes de meterme en el agua, cuando a las siete de la mañana sabía que iba a estar luchando 12 horas continuas para alcanzar la meta. Las distancias de las que se compone imponen mucho, y sin querer, te vienen todas de golpe a la mente.
Debo confesar, porque mi irremediable sinceridad así me lo aconseja, que la prueba llegó a convertirse en su momento en obsesión. Pero gracias a que el largo período de entrenamiento me ha llevado a hacer otras carreras de bastante dureza -ya narradas en este blog- para prepararme para este día, y en las que obsesionarme con resultados personales me ha llevado a no conseguir lo que ansiaba, he podido ser finisher en distancia Ironman. 
Y digo esto porque hoy más que nunca sé que caerse duele en el instante, pero curte a la larga. Hoy más que nunca sé que parte del mérito de haber logrado esto, lo alcancé en el maratón de Barcelona, por ponerte un ejemplo. Si eres lector de este blog, sabes perfectamente a lo que me refiero.
Bajo mi punto de vista, no existe fruto alguno ni recompensa de ningún tipo en querer algo sin saber antes por qué te apetece. Y para saber por qué, hay que sentarse a pensar.

Algunas personas que me conocen dicen que pienso demasiado. 
Yo creo que quien no piensa es porque está loco. 
¿Cómo negar lo que distingue a la raza humana del resto? 
¿Cómo se elude a la razón? 
¿Alguien en su sano juicio puede hacerse caso omiso a sí mismo? 
Que me lo explique.


Lo primero que quiero decirte, si eres deportista y entiendes el deporte como competitividad al 100% es que este no es tu blog. Tal vez siendo así, con el primer párrafo hayas huido ya. Si no es así y sigues leyéndome, ya te aviso de antemano de que en lo que queda de crónica tampoco vas a encontrar gran cosa enfocada en ese sentido. 
Si eres de los míos, te invito a que te quedes.
Y a ti, que sé que estás ahí, y que ni siquiera practicas deporte, porque me consta que así es, espero que sepas entenderme.

Lo segundo que me dispongo a hacer, después de haber recibido infinidad de felicitaciones de todo tipo, es desmitificar a la prueba. O mejor dicho, más que a la prueba, que no tiene culpa alguna, a los que logramos hacerla. O al menos a mí. Y ahí sí que quiero que me entiendas bien. Así como pedir a todo finisher que se pueda sentir ofendido que lo intente también.
El respeto que me produce es tan inmenso ahora, como lo era antes de hacerlo, como lo fue durante. Es de una dificultad bestial, no lo voy a negar, no soy nadie, ni mucho menos me creo nada para hacerlo. Requiere entrenamiento, no días ni semanas, sino meses. Y a diario.
Es la prueba más bonita que he hecho hasta hoy, y nada me gustaría más en el mundo ahora mismo que poderla repetir algún día. Y cómo, no dar mi reconocimiento a todo finisher de esta distancia. Tenéis un mérito brutal.
Tan solo digo esto, porque siento que la gente nos mira como si fuéramos personas fuera de lo común, y para nada es así.
Lo que he conseguido, y hablo por mí, lo puede hacer cualquiera siempre que se lo proponga. Para mí, la esencia del deporte es la voluntad, el sacrificio y la entrega. Y en la vida, cada uno de nosotros es el mejor en algo.
No me gusta que me digan que soy el mejor. Tan solo me gusta lo que hago, y me gusta escribir lo que siento al hacerlo. Pero el heroísmo no está en ser capaz de recorrer 226 kilómetros nadando, pedaleando y corriendo, sino en saber traducir la afición de cada cual para que quien tienes enfrente sepa ser feliz con las suyas. Ese sí es un héroe. El que consigue la felicidad para alguien.

Un buen amigo me dijo un día ya hace muchísimo tiempo que abriera un blog. Le dije que nadie tenía por qué saber lo que me llevaba de mis experiencias en el deporte o en la vida. Él me contestó: -Sueles decir siempre lo que piensas en público sin importarte lo que opinen sobre ti. Si no te importa ni te da miedo compartir experiencias con nosotros, ¿por qué sí con el mundo? 
Eso me hizo pensar, y por eso estoy aquí. En un lugar en donde la puerta siempre está abierta para salir y para entrar.



Cada día que pasa me enamoro más del deporte. Pero de la parte sentimental que extraigo de él. Me divierte mucho, pero también me da mucho tiempo para pensar, y pensar con claridad. Supongo que el hecho de hacerlo mientras hago algo que me gusta ayuda a ver las cosas más fácilmente.
Me he enamorado de la larga distancia, llegando a darme completamente igual ahora mismo todo lo demás, incluyendo tiempos, marcas, etc. Debo decir que personas cercanas a mí han influido en ello también, o han querido enseñarme el camino correcto. De todo se aprende, también de la gente, cómo no.
Conforme alcanzo metas cada vez más grandes, me voy sintiendo más pequeño, y eso hace sentirme genial. Me da una paz tremenda.

Durante la prueba, ya metido en el maratón, hubo momentos de gran emoción. 
Recuerdo como mientras iba andando ya agotado por completo, tuve el placer de compartir unas palabras con otro triatleta. En medio del agotamiento, sin conocernos de nada, entablamos conversación como si fuéramos amigos. Con un simple "¿qué tal vas?", me dijo que estaba allí disfrutando del que iba a ser probablemente su último ironman. Le dije que por qué, y me comentó que había sido padre hacía 5 meses, que por primera vez en mucho tiempo algo le transmitía más alegría y felicidad que el deporte, que ese algo era su hijo, que su llegada al mundo requería todo su esfuerzo, y que quería dedicar su tiempo plenamente a él. Que había venido a esta prueba para hacer un muy buen crono por ser la última y que, una vez llegado a ese punto, en pleno maratón, lo único que quería era no llegar a meta por no darla por terminada, y poder así seguir saboreándola. Sí, casi 12 horas de prueba, y hay gente a la que no le apetece llegar a meta. 
Otro gran momento fue ver como alguien a quien una maldita enfermedad llama a su puerta, es capaz de venir a verte y regalarte sonrisas y ánimos durante 12 horas como una campeona con su hijo al lado. Decirte al final, al darle dos besos, que no podía irse de allí sin verme cruzar la línea de llegada...
Y cómo no, ver a una madre aplaudirte con lágrimas de emoción en los ojos a falta de 7km, cruzar la meta, y que a la emoción de tu madre se sume la de un padre que no ha estado pasando por sus mejores momentos últimamente... Rendirte en un fuerte abrazo con ellos, llorar los tres. Juntos.
 Esos momentos no los da ninguna medalla posterior, ni ningún crono, ni ninguna distancia en concreto: los da sentir y creer en lo que haces. Pero de verdad.

Allí estuvieron también dos amigos, en mayúsculas, porque así lo demostraron. Josemi y David, ayudándome en todo momento, tanto en lo material como en lo psicológico, de la mejor manera: a su manera. Os doy las gracias desde aquí una vez más.

La huella del Ironman no es más que la que te acabo de contar. Y la llevaré siempre conmigo.
¿El riesgo de poner el cuerpo al límite?. El riesgo no está en poner la salud en peligro, si es que se le pueda denominar así...
El riesgo está en quedarse en casa con miedo a hacer las cosas que realmente nos hacen ser felices. 
El riesgo está en querer correr demasiado para lograr algo sin saber qué buscamos en ello.
El riesgo está en dejar de ser nosotros mismos.
A la gente le cuesta entender eso. Yo desde aquí en ningún momento he pretendido hacerte ver que, como me dicen muchos desde el pasado sábado, soy un "ironman". Simplemente quiero que entiendas que soy una persona como tú, que disfruta haciendo lo que le gusta, sin preocuparle nada más.






lunes, 5 de mayo de 2014

Mitja Marato de l'Ampolla: somos lo que demostramos ser.

"El deporte es uno de los pocos baremos justos y honestos que hay en la vida." Esa es una de las frases que siempre llevo en la mente y me repito una y otra vez cuando me planteo si sufrir en el deporte compensa. No creas que llevo demasiadas en mente. Ya sabes que para correr o ir en bici, cuanto más ligero mejor. Pero sí me guardo en la memoria las que verdaderamente me llenan: directas, concisas y con un mensaje claro.
La larga distancia esconde un mundo fabuloso en el que, llegado el momento, las piernas ya no sirven. O mejor dicho: avanzar no solo depende de ellas. Y es justo ahí donde te conoces.
Es un espejo. Tu fiel reflejo. A veces cruel, y otras veces maravilloso.

Igual te preguntas qué es para mí la larga distancia. Después de haber corrido ya alguna que otra prueba de larga distancia, te diré que para nada la entiendo como un número concreto. Porque recuerdo que un día, ya hace bastante tiempo, para llegar a sufrir y tener que tirar de cabeza fueron necesarios solamente 20 minutos corriendo. Y recuerdo que al alcanzarlos, sin detenerme, me sentí ganador.
También recuerdo que al poco tiempo, fueron 5 kilómetros. Luego pasaron a ser 10. Y en cada una de las veces en las que alcancé esa meta, me seguí sintiendo ganador.
Para mí la larga distancia depende de la persona que la afronte. De su momento. Y no creo que tenga más mérito el corredor de maratón, que el de media maratón. No pienso que merezca más reconocimiento.
La dificultad y el esfuerzo invertido no se puede medir desde fuera. Eso lo lleva uno dentro de sí. Por eso algunos en ocasiones cruzamos la meta de un maratón por debajo de 4 horas cabreados, y una hora después quien la cruza lo hace llorando de alegría. Simplemente porque ganar no es vencer, es sentirse vencedor. Y las dos cosas no tienen por qué ir de la mano.


En la Ampolla me colgaba el 8º dorsal del año. Un dorsal distinto. Diferente.
Me dispongo a acompañar a alguien para quien la media maratón le supone una meta desconocida. Por tanto, una larga distancia. Verse a sí mismo en ese reflejo de lo desconocido.
Creo que somos capaces de miles de cosas que desconocemos, pero que el miedo, a veces, nos aleja de ellas. En cuanto a mí, me di cuenta de ello hace ya bastante tiempo. Otra cosa es que a veces la confusión se me apodere y no me deje ser quien soy. Cosa que, por otra parte, alguna vez nos pasa a todos.
Pero me gusta ver a personas en ese estado de no confiar del todo en sí mismos, porque me acuerdo de mis primeros días. Les suelo repetir, cuando me piden consejo o preguntan qué opino sobre ello, que sencillamente son capaces de lo que se propongan.
Debo decir que, lo primero que se me pasa por la cabeza muchas veces, es por qué me preguntan a mí. La respuesta más habitual que les doy es que, si yo lo hago, cualquiera puede hacerlo. Y si lo digo, es porque realmente lo creo así. La voluntad es la fuerza más poderosa que existe. Solo hace falta creer en uno mismo.


Los tres llegamos a la Ampolla el día de antes. Ella, sus nervios, y yo.
Para mí es un placer poder ayudar a alguien, pero sigo pensando que las palabras o la presencia, no empujan, solo muestran el camino. Que al final, el camino hay que andarlo.
Somos lo que demostramos ser. Y para ser, hay que creer en lo que somos.
Yo creo en ella, por eso sé que poco podía hacer. Y por eso, sé que sin mí también lo hubiese logrado.


Una vez llegado el nuevo día, desayunamos los cuatro. Esta vez se suma un espectacular amanecer. Soleado, como a mí más me gusta.
Recogida de dorsales y al lío. No se ve mucha gente, es una carrera joven, tal vez sea por eso.
A mí me viene genial, puesto que se recorre el tramo del maratón del Ironcat, prueba que se avecina en nada.
Falta muy poco para la salida, pero las ganas de empezar aparecen. Los nervios no decrecen, sino al contrario. Intento dar imagen de tranquilidad, de seguridad, de confianza. Y la verdad es que no sé muy bien si sirve de algo. En realidad, yo me pongo en la piel de quien tengo enfrente, y tal vez eso aun me incomodaría más. Supongo que el "dónde me he metido yo" se te pasa por la cabeza cuando ves a tu alrededor a gente más experimentada que tú en ese terreno, y que aparentan una normalidad casi desesperante. Pero para nada es así.
En ese momento dentro de mí había más de una batalla. Una era la de conseguir esa meta. Otra era querer alcanzarla no de cualquier forma, sino de la mejor: disfrutándola. La de los nervios de no saber reaccionar en cada momento, también estaba presente. Y por último, ver sonreir el mayor tiempo posible a quien iba a ser mi compañera de viaje durante dos horas. Conseguir hacer que disfrutara en todo momento.
El reto de mi compañera era alcanzar la meta. El mío, vencer esas cuatro batallas.



Puntuales dan la salida. Arrancamos desde atrás, somos muy pocos. El inicio de la prueba es en el puerto, justo en el mismo sitio que la meta del Ironcat. Hay gente por los alrededores, pero no demasiada, es temprano. Luce un sol esplendido, y todos sabemos que vamos a pasar mucho calor.
Nos dirigimos directos al espigón del puerto, para una vez en el, dar un giro de 180º.
La carrera continua en dirección al centro de la población, para después abandonarla en dirección sur, hacia las afueras, donde transcurre gran parte por caminos de tierra que bordean arrozales ya anegados por agua.
Hay mucho voluntario, joven y simpático. No son pocos los que saludan y animan a nuestro paso, y eso se agradece.
Los dos llegábamos con molestias en el pie, casualidades de la vida...


Era un poco una incógnita cómo nos iba a ir. Pero aun con el dolor presente desde bien pronto, el carácter fue ejemplar. En todos los sentidos. No solo vi a una corredora superándose a sí misma, sino que a la vez vi a alguien capaz de animar a quien corría a su alrededor importándole bien poco cómo pudiera irle a ella más tarde. Tuve la suerte de vivir en primera persona la parte más bonita del deporte, la de disfrutar en todo momento sin mirar a otro lado ni preocuparse por nada más. No había tiempos, ni cronos. No existían los ritmos por kilómetro ni tampoco las pulsaciones. Se contentaba con lo justo, porque con ello disponía de lo necesario. Corría con la mirada fija en el asfalto y el recuerdo perdido en sus estrellas.
Su pequeño lujo durante la prueba fue la música. Su toque personal, acordarse de que, aun con el calor sofocante, estábamos derrochando demasiado agua. Y todo ello, sin apenas dejar de sonreir.
Llegamos a meta felicitándonos mutuamente y habiendo sido testigos una vez más de que no es más grande quien más alto llega, sino quien más disfruta de lo que hace.
Pequeños gestos y detalles que definen lo que uno es, muy por encima de lo que uno dice ser.





jueves, 1 de mayo de 2014

D.O.TERRES DE L' EBRE: el secreto está en sentir.


Sí, el secreto está en sentir. En no mirar lejos, sino cerca. Justo delante tuyo, para no perder detalle. Y en disfrutar.
De nuevo en competición, sí, pero de nuevo otra vez esperando no haberme olvidado de todo ello. En ver si sigue de verdad presente en mi mente. 
Entre Barcelona y hoy ha pasado ya más de un mes, pero solamente una prueba en medio (la 10k de Alcañiz) y, mi subconsciente, me dice que es aquí donde de verdad volveré a encontrarme. Donde la dureza de la prueba -distancia más horas- conseguirá que deba volver a mis raíces, esas que dan los frutos que uno siempre espera recoger de todo esto.
7º dorsal de 2014, pero ya comenzando lo que más me divierte: el triatlon.
Estoy en Sant Carles de la Rápita, participando por primera vez en esta prueba.
Son 3.000 metros nadando, 92km de bicicleta, y 20km corriendo.
Es la segunda vez que afronto un triatlon de tan larga distancia. En realidad, a día de hoy es el más largo.
En 2013 participé en el Extreme Man de Salou, pero allí nadando eran solamente 1.900, y si bien corriendo había uno más, sobre el papel hoy iba a emplear más tiempo.



A diferencia de otras veces, hoy he dormido en casa. La cercanía me lo permite. Me acompañan mis padres, y llegamos a Sant Carles temprano, sobre las 6:30am.
El box aun está tranquilo, soy de los primeros en llegar. Meto material, repaso todo unas 4 o 5 veces -ya sabes, los nervios pueden traicionarte-, y me salgo del box.
Antes de ponerme el neopreno da tiempo de tomarse un café en un bar cercano. 
Me voy encontrando a conocidos y amigos que van llegando ya. Y me llevo unas alegrías tremendas.
Saludo a Ferran Almeda, a Gonzalo, a Trejo, a mi admirado Antonio Romero, siempre tan simpático y motivador él conmigo. También saludo a Iván de Tortosa, el cual también formará parte del Ironcat el próximo 10 de mayo. Me comenta que nos va tocar sufrir, que el viento pegará con fuerza en cuanto salgamos de la población en el segmento de ciclismo. Comparto unas palabras también con Daniel Sanchez en el box. Solo hace falta ver las pintas de galgo que tiene para no extrañarte luego con sus resultados. Curioso, pero he coincidido con él en 4 de las últimas 5 pruebas. Y debo decir que es un placer.
En fin, el tiempo va pasando y la verdad es que se agradece, porque hay ganas ya de meterse en el agua.


Me enfundo el neo, mientras el viento poco a poco va despertando más y más. Son ya las 7:40 cuando me meto en el agua a calentar un poco. No la noto demasiado fría.
Observo a lo lejos las boyas, y veo una a mucha distancia. A tanta, que casi ni se ve. La mar no está brava, pero sí alterada. Esas pequeñas olas me impedirán verla con claridad, así que los pies de quien lleve delante marcarán mi camino. No queda otra.
Es la hora ya y, con algo de retraso, dan la salida. Estoy en la parte interior de la salida con respecto a la primera boya, así que una vez llegado el embudo, van a caer los golpes a discreción. Me da lo mismo.
La natación no es que me guste, es que me encanta. Mi segmento preferido con mucha diferencia. Lástima que sea el más corto.
La playa es muy poco profunda, y muchos metros al comienzo toca hacerlos andando. Ya con la suficiente profundidad, me pongo a nadar.
Somos unos 370 participantes sobre el papel. No tengo mucha experiencia, pero con la poca que tengo, pienso que dirigiéndose tal multitud hacia un mismo punto, lo mejor es empezar a nadar más o menos rápido para dejar atrás cuantos más triatletas mejor. Y una vez ahí, encontrar tu sitio y, ante tal distancia, tu ritmo.
Voy a gusto, pero hay algún golpe. El primer giro se acerca, es a izquierdas, nadamos en sentido contrario a las agujas del reloj, y voy muy descolocado. Me he ido muy hacia la izquierda. "Madre mía la que se va a liar" -pienso. Y se lía: parón total en primer giro, nado a lo "perrito" durante unos instantes, me abro hueco entre golpes y pataletas, al fin giro y, sin dudarlo un instante, me abro al exterior. No ya por menos afluencia de compañeros, sino porque llegado el segundo giro, no quiero ir en el interior de nuevo. Gran error haber partido desde inicio de esa posición.



A esas alturas ya me doy cuenta de que algo no va normal. Noto que me desvío mucho en la trayectoria, que corrijo demasiado y que seguramente estoy nadando muchos metros de más. Es la fuerte corriente.
Continuo ya con menos gente a mi alrededor y poco a poco completo la primera vuelta al circuito. Ya solo queda la mitad.
La segunda, aunque sufriendo la corriente, mucho mejor, ya sin tanta gente y muy cómodo a mi ritmo, que para nada es lento.
Al final, salimos del agua. Las dos primeras personas que me encuentro en la arena son mis padres animándome. Empujón de los buenos en esa primera transición. Me llama la atención lo muy abrigados que van. 
Según clasificación oficial, 54 minutos los 3.000 metros, y salgo del agua el 63º.

Entro en box, fuera neo, casco, dorsal, y pitando a pedalear.
A los pocos metros ya hemos salido de la población. Los 92km son 3 vueltas a un mismo circuito.
No te puedes imaginar de qué manera sopla el viento... Pero bueno, no hay excusas, es el mismo para todos.
Lo mismo que el año pasado en Salou no tarda en volver a suceder: me pasan por derecha, izquierda, encima y debajo. No se puede ir a rueda, toca ir solo, y me pasan muchísimos triatletas. Imposible saber cuantos.
No me importa, yo sé cual es mi ritmo, y sé que estaré alrededor de unas 3 horas en bici, así que en eso estamos. Además hoy con este viento, tal vez sean unos minutos más.
Primera vuelta y primera sorpresa grata: rodamos a 29km/h de media sin pasarlo mal. Para mí, genial.
Seguimos adelante y seguimos siendo adelantados por aviones, pero seguimos. Sin parar de comer, y sin parar de beber, conociéndonos cada día mejor y sobretodo poniendo en práctica lo que haremos en l'Ampolla. En realidad, por eso estamos aquí. Esto es un test, un entreno más, aunque sea en competición. Si algo tiene que salir mal, ese algo tiene que ser hoy.
Entramos en la última vuelta y seguimos en esa misma intensidad. El viento ha ido creciendo, pero por suerte el intenso frío que sentía al comienzo, menguando.
Llegados ya a box en la T2, el crono de mi bici me indica 2h56', la clasificación oficial marca 3h04', y el 208º mejor tiempo en ese segmento.


En fin, toca bajarse de la bici, calzarse zapatillas, y con 4h clavadas en el marcador de la prueba, el cual se puede ver a la salida, comenzar a recorrer esos 20km a pie.
Aquí tenía cierto miedo, porque llegaba algo tocado de la planta del pie izquierdo. No sé si por el volumen de entrenamiento de estos días, por haber alargado más de la cuenta la vida de mis últimas zapatillas... Sea como fuere era un poco una incógnita como iba a moverme.



Sorpresón de los buenos. No solo no me noto el pie, sino que voy por debajo de 5'/km y sin forzar.
Damos 4 vueltas a un circuito de 5km, donde se pasa 2 veces por un mismo avituallamiento, cosa que es de agradecer. Me gusta mucho el circuito, con ese mar que tanto me enamora como marco de fondo en el que perderse mentalmente y soñar, en caso de ser necesario.
Lo mejor es que no lo es. Ni en la primera, ni en la segunda, ni en ninguna de las vueltas. Voy más rápido de lo esperado, a esas alturas soy yo quien pasa a gente, no a muchos, pero sí a unos cuantos. Y lo mejor, tengo el gusto de cruzarme con esos amigos y conocidos que compiten, cosa que en la bici no pasa. 
Enseguida veo a Antonio, veo a Daniel, a Ivan, Almeda, aparece por primera vez Mayoral y su típico sentido del humor... Es genial darse ánimos mientras te cruzas, ya todos dando lo más de sí.
A algunos de ellos ya no les queda demasiado, yo ahora comienzo, pero aun disfrutamos juntos unos kilómetros.
Haber comido muy bien y bebido tanto durante la bici hace que este último tramo a pie no aparezca en ningún momento la sensación de tener que comer algo. Llevo dos geles encima, pero ni siquiera me apetecen. Me veo bien para llegar al final y así lo hago. Sin embargo, sí voy bebiendo, puesto que ahora el calor es intenso.

En fin, llegamos a meta con un inmejorable sabor de boca. Marcando un parcial de 1h37' en esos 20km, el 169º mejor tiempo. Al final cruzamos meta siendo el 200º clasificado. Sé que la media y larga distancia me siguen penalizando en cuanto a rendimiento. Sé que a ello se hace el cuerpo con el tiempo. También sé que el hecho de nadar relativamente bien me favorece en esas distancias olímpicas o sprint en las que, metiéndote en esos primeros grupos de bicis, logras mejores registros al final. Pero sigo pensando que me salió un carrerón en todos los sentidos, tanto en lo mental, como en lo físico, como en números.
Una vez terminado, todo triatleta con quien hablé me informó de que en el sector de natación se recorrieron en torno a 3.600 metros, es decir, que nadé el mil a 15' clavado. Muy muy contento.
Con la velocidad en el sector de ciclismo estoy más que contento. Poco a poco iremos mejorando.
Y con la carrera a pie genial.

No quiero cerrar la crónica sin felicitar a la organización de la prueba. Me parece genial el circuito de bici, y fantástico el de carrera a pie. Muy contento de haber formado parte de este triatlon, del que me acordaré sin duda el año que viene. Muy buen sabor de boca, y desde aquí recomendarlo a todo triatleta lector de este blog.

Conclusión: sensaciones más que buenas de cara sin duda al reto del año: IRONCAT.
Allí será mucho mayor la dificultad. Más que una prueba, es un auténtico sueño. Algo impensable hace unos años de poder afrontar.
Pero lo más importante es que salgo de aquí creyendo en mí, y alguien me dijo una vez hace años, que el primer paso para alcanzar cualquier objetivo, por muy increíble que este sea, es creer que lo puedes lograr.